
Reivindicación de los Derechos Humanos Brindis de la cena conmemorativa del Premio Nobel 1998
Majestades, Alteza Real, Señoras y Señores,Se cumplen hoy exactamente cincuenta años de la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No faltan, afortunadamente, conmemoraciones de esta efe¬méride. Sabiendo, como sabemos, con qué rapidez la aten¬ción se fatiga cuando las circunstancias le piden que se ocu¬pe de asuntos serios, no es arriesgado prever que el interés público por este asunto comience a disminuir a partir de mañana mismo. Claro que nada tengo contra estos actos conmemorativos, yo mismo he contribuido a ellos, modes¬tamente, con algunas palabras. Y puesto que la fecha lo pide y la ocasión no lo desaconseja, permítaseme que pronuncie aquí unas cuantas palabras más.
Como declaración de principios que es, la Declaración Universal de los Derechos Humanos no impone obligaciones legales a los Estados, salvo si las respectivas Constituciones establecen que los derechos fundamentales y las libertades en ellas reconocidos serán interpretados de acuerdo con la Declaración. Todos sabemos, sin embargo, que ese recono¬cimiento formal puede acabar siendo desvirtuado o incluso denegado en la acción política, en la gestión económica y en la realidad social. La Declaración Universal generalmente es¬tá considerada por los poderes económicos y por los poderes políticos, incluso cuando presumen de democráticos, como un documento cuya importancia no va más allá del grado de buena conciencia que les proporciones.
Este medio siglo no parece que los Gobiernos hayan hecho por los Derechos Humanos todo aquello a lo que mo¬ralmente, cuando no por la fuerza de la Ley, estaban obliga¬dos. Las injusticias se multiplican en el mundo, las desigual¬dades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquiwfrénica humanidad capaz de enviar ins¬trumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Mane que a nuestro propio semejante.
Alguien no está cumpliendo su deber. No lo están cumpliendo los Gobiernos, ya sea porque no saben, ya sea porque no pueden, ya sea porque no quieren. O porque no se lo permiten aquellos que efectivamente gobiernan, las em¬presas multinacionales y pluricontinentales cuyo poder, ab¬solutamente no democrático, ha reducido a una cáscara sin contenido lo que todavía quedaba del ideal de la democracia.
|