Es el más legendario, conocido y
respetado en el Tolima. Se puede decir que es el personaje más importante en la
mitología tolimense. Se le llama, también, el Poira,
pero en aquella su especial caracterización de gran perseguidor de muchachas
casaderas que apenas han traspasado los umbrales de la pubertad.
El Poira es el Mohán
travieso, enamorado, libertino y raptor. Les roba la tranquilidad a las
jóvenes, las idiotiza, las emboba y las atrae hacia él con artificios. Sus
hazañas son muy conocidas, tanto en su caracterización del Poira,
como en su auténtica personalidad del Mohán, y, hasta hace poco tiempo, no se
podía poner en duda su existencia ante las verídicas de los campesinos. Son
muchas las leyendas y versiones que existen sobre el personaje mítico, oriundo
del Tolima, riqueza de nuestro folclor y figura simbólica de un pasado
maravilloso y fantástico.
Son muchas las muchachas que ha raptado, formando
así un sin fin de leyendas a cual más fabulosas, irreales y novelescas; muchos
hombres ha perseguido, incesantemente, hasta sepultarlos en las negras aguas de
sus insondables dominios; muchas embarcaciones ha hecho zozobrar y muchos los
parajes que ha desolado, embrujado de superstición y misterio entre sus humildes
moradores.
Respecto de su figura, varía con frecuencia de un
lugar a otro: en Ambalema, por ejemplo, es un hombre
pequeño, musculoso, de pelo «candelo», barba hirsuta,
también roja, ágil vivaracho, y tan sociable que muchas veces salía a mercar en
compañía de los demás, dizque porque en esa forma se daba cuenta de todo y
podía actuar con más efectividad. Se le conocía porque en sus compras nunca
incluía la sal, artículo éste tan indispensable para el sostenimiento diario
Decían que
habitaba en la profunda y peligrosa moya de «Boluga»,
en el embarcadero y en la conocida moya de «El triste», lugares éstos en donde
se han perdido muchos bogas, pescadores y champaneros.
en la «Vega de los Padres», Piedras, y «Cortaderos», que es un espíritu
invisible, que no toma ninguna forma, que se escuchan sus risas, cantos y
«pesquerías» y se conocen sus ataques pero nunca se le ve; otros afirman que
puede transformarse a su antojo, y así toma la forma de cualquier conocido
pescador de la región y se mezcla en las faenas y veladas pesqueras sin ser
reconocido.
Esto daba origen a muchas confusiones, en las que a
una persona resultaba estar en dos partes o no estar en donde se aseguraba lo
contrario; con esto los campesinos caen en la cuenta de que, «el mechudo estaba
con nosotros anoche, compadre».
En Coyaima, en las moyas
de Colache, en el Saldaña, en las profundidades de
las lagunas de Yaberco, Totarco
y en los moyones de las «Animas» y Golondrinas, el
Mohán era negro, tanto su piel como su espesa y larga pelambrera; era un oso
negro como un tizón; de temperamento huraño, huidizo y desconfiado; poco
mujeriego, pero más feroz.
Tenía muchos encantamientos y guacas alrededor de
los charcos que habitaba, tesoros que él en persona custodiaba, haciéndolos
inconquistables.
Su mirada era maléfica y sus persecuciones muy
funestas.
En Chenche, en cambio, es
un hombre de mediana edad, alto, de nariz aguileña, ojos negrísimos, larga y
espesa barba y largos y abundantes cabellos con los cuales cubría su desnudez;
sus manos eran finas, de largos dedos y afiladas uñas; boca grande, bien
formada y dentadura toda de oro.
Tenía muchas alhajas en los dedos, de puro oro, y
con piedras preciosas que brillaban en la inmensidad de las aguas. Habitaba un
magnífico palacio construido de oro puro, en las moyas profundas, en los
remolinos tenebrosos.
Había la creencia de que en los acuáticos lugares
en donde el Mohán tenía su morada no se encontraba asiento; las profundidades
del Mohán no tenían fin. Este palacio dorado tenía grandes salones iluminados
con hachones en los que se oía un continuo murmullo, una monótona música
hipnótica.
En el norte del Tolima también fue muy conocido el
Mohán, así como sus leyendas y guaridas. En Honda decían que vivía en las moyas
de Caracolí y en las profundas cavernas de los peñorales
del Salto; en Méndez, en Conchal, en Paquiló; en las
moyas del Bledo y el río Guamo; en los charcos del «Tambor», «Aguas Claras»,
«Charco Azul» y «Charco Hondo», en Lérida, en las angosturas del río Recio, en
las charcas de Guarinó y en muchas otras.
Así como la Madre de Agua es la
divinidad o mito de las aguas, La Madremonte lo es de
los montes, de los montes del llano. Pero si aquella es una niña linda, ésta es
un gran señora encopetada, robusta, alta, con sombrero vistoso, adornada con
plumas y vestida toda de verde. Sus iras y persecuciones son terribles.
Ataca siempre con grandes tempestades, vientos e
inundaciones que destruyen las cosechas, ahuyentan los ganados, ahogan los
terneros y causan toda clase de calamidades. Pierde o enreda a los que merodean
en sus dominios embriagados o en malos pasos; persigue con saña a los que son
dados a discutir maliciosamente por linderos y que destruyen las cercas y
destrozan las alambradas de sus vecinos o colindantes; es una asidua defensora
de los límites correctos de las propiedades.
Castiga, también, a los que roban, a quienes andan
en aventuras amorosas pervertidas y a los que osadamente invaden el corazón de
sus enmarañadas arboledas; a aquellos cazadores vagabundos que lo hacen por
distracción o perversión y a los niños vagos y desobedientes. Su influencia se
manifiesta por una especie de mareo, de alucinación, mediante la cual la
víctima ve todos los lados del monte idénticos, dificultándosele por lo tanto la
salida.
Cualquier bosquecito se presenta como una inmensa y
enmarañada montaña, sin senda ni salida, por donde el perdido empieza a
trasegar arañándose, rompiéndose la ropa y sufriendo toda clase de percances.
Cuando, pasado el conjuro, ve que sólo ha sido en
un pequeño bosque en el que se ha perdido y destrozado, no deja de exclamar:
–Eso jue esa vieja
yerbatera e la Madremonte que hizo esta jugada.
La imagen o figura de la Madremonte
muy pocos la han visto, y aquellos que la han llegado a ver, es sólo por un
instante y mientras no estén bajo su influencia.
Por lo regular, la víctima que esté bajo los
efectos de los ataques de la Madremonte, no la ve,
sólo siente ese extraño sopor y divagación que lo hace fracasar; se puede decir
que este mito de los montes huye de las miradas humanas.
Para librarse uno de las acometidas de la Madremonte es conveniente ir fumando un tabaco o con un
bejuco de adorote o carare amarrado a la cintura.
Es también conveniente llevar pepas de cavalonga en el bolsillo o una vara recién cortada de
cordoncillo, de chicalá o guayacán, a guisa de
bordón; sirve así mismo, para el caso portar escapularios y medallas benditas o
ir rezando la oración a San Isidro Labrador, abogado de los montes y de los
aserríos.
El ser más terrible, sanguinario
y endemoniado que perturbó jamás las mentes campesinas fue la Patasola; imperaba este mito en las montañas vírgenes,
donde no se oía el canto del gallo ni el ladrido del perro, ni mucho menos
donde existiera ganado vacuno; donde vivían todavía el tigre y la danta y otros animales semejantes, pues este personaje es
casi considerado como una fiera o monstruo que tiene el poder de
metamorfosearse a su antojo. Así algunos dicen haberla visto como una mujer
hermosísima que da grandes saltos para poder avanzar con la única pata que
tiene; otros la describen como una perra grande y negra, collareja, de inmensas
orejas; y otros como una vaca negra grande y tope.
La leyenda reza que la Patasola
fue una mujer muy bella, codiciada por todos, pero perversa y cruel que se dio
al vagabundeaje y la disipación. Andaba y andaba
haciendo males con su hermosura pervertida. Para acabar con su dañino
libertinaje, y en horrendo castigo, le amputaron una pierna con un hacha, y el
miembro fue luego quemado en una hoguera hecha contusas de maíz.
La mujer murió a consecuencia de la terrible
mutilación, y desde entonces vaga por entre el corazón de las montañas gritando
lastimeramente en busca del consuelo y engañando siempre con sus lamentos al
que la escucha, quien cree, al oír la voces angustiosas, que es una persona
perdida en la espesura e ingenuamente contesta sus gritos, con los cuales la
atrae y ésta termina por devorarlo ferozmente.
Huye y se enfurece ante todo lo que se relacione
con el hombre cristiano; le fastidian los grandes aserríos en las montañas, los
tambos, las trochas, las cacerías, las labranzas y las siembras, en especial de
maíz, cerca de sus dominios; las excursiones con bueyes, caballos u otros
animales amigos del hombre y todo aquello que trate de invadir sus lóbregos y
abruptos territorios. Persigue a los hombres que maldicen en las montañas, a
los cazadores que tienen la osadía de adentrarse en la espesura; a los
aserradores, que por lo general pasan la noche en la montaña en toscos ranchos
construidos junto al aserradero; a los mineros, a los que abren trochas y
buscan maderas, y en fin, a todos los que por un motivo u otro violan las
misteriosas soledades de la montaña.
Para protegerse uno de los ataques de la Patasola hay una oración especial, la cual todo campesino
que tiene que atravesar la montaña o que ejecuta alguna faena en ella, debe
aprenderse al dedillo, y esa oración es la siguiente:
Yo, como si,
pero como ya se ve,
suponiendo que así fue,
lo mismo que antes así,
si alguna persona a mí
echare el mismo compás,
eso fue, de aquello depende,
supongo que ya me entiende,
no tengo que decir más.
Patasola,
no hagas mal
que en el monte está tu bien.
Pero da la circunstancia que al presentarse de
improviso la fatídica aparición, sea por miedo o por alguna especie de hechizo,
se olvida por completo y la víctima se queda perpleja sin articular palabra. En
este caso es aconsejable hacer un gran esfuerzo y con voz al grito pedir:
–¡El hacha!..., ¡las tres tusas.... y la candela!
Recordándole así, los tres objetos que sirvieron
para la amputación y desaparición de su pierna. Sus características de ataque
son las siguientes: en lo más lejano y espeso de la montaña se oye un grito
lastimero,; si el que lo oye le contesta se oye uno más cercano e igual de
triste; una segunda contestación y el grito se oye ya muy cerca; a la tercera
contestación la fiera se le aparece en cualquiera de sus formas, se lanza sobre
la víctima, le chupa la sangre o lo devora.
Cuando ésta logra ponerse a salvo de su ataque, ya
porque va favorecido por algún talismán, o sea, porque va rodeado de animales
domésticos, se enfurece diabólicamente, origina de improvisto terribles
ventarrones, hace bramar la montaña y temblar la tierra, desencadena tormenta
de rayos y agua y destruye por completo los alrededores. La Patasola
así mismo acaba con los sembrados aledaños a la montaña, puestos de aserríos,
tambos y animales de corral que se críen en sus alrededores.
Muchos se salvaron milagrosamente en el último
instante, metiéndose entre el ganado, bueyes o perros, con lo que la Patasola en medio de una confusión endemoniada de los
elementos, grita desilusionada:
–Anda y agradece que te encuentras en medio de esos
animales benditos.
La tormenta pasaba y la aterrada víctima se libraba
milagrosamente de la muerte.
El Tunjo es un muñeco de oro. Tal vez fueron estos
pequeños ídolos simbólicos o divinos de los pijaos;
tal vez fueron dioses o simplemente ofrendas religiosas consagradas a paganos
dioses o a sus caciques.
No sé por qué se le atribuyó la
leyenda de un fantasma que anda errante, buscando protección, alimento y cobijo
por lo cual premiaba a su protector con el fruto de una gradual fortuna.
Se presenta en la forma de un bebé inofensivo,
llorando, a la vera del camino, en los grandes caminos reales, en el cruce de
un bosque o de una quebrada, en las inmediaciones de unas ruinas o casas
abandonadas, a la orilla de las cachaqueras o de los
ríos.
El Tunjo, después de todo, no hace más que asustar
a las víctimas, al parecer inconscientemente, pues según se entendía él sólo
buscaba, como antes he dicho, a un protector que lo cuidara y mantuviera, para
él, a su vez, hacerlo rico.
Naturalmente para que el escogido tuviera derecho a
esa oportunidad de enriquecerse tenía que soportar alguna prueba, y el caso era
que el niño se presentaba llorando desconsoladamente a la orilla del camino,
tirado en el suelo precisamente cerca de donde ha de pasar el solitario viajero
a quien ha de aparecérsele.
Si la persona pasa de largo el niño lo alcanza y si
va de a caballo se le monta en la grupa, dándole así el susto consiguiente y
del cual no puede librarse sino corriendo desesperadamente o rezando.
Otros se bajan de la bestia, lo recogen con mucho
cuidado, con el consiguiente estupor de encontrar una criatura así abandonada y
con lo cual el niño deja inmediatamente de llorar y, en seguida, ante el
asombro de su inmediato protector, le habla muy claro, diciéndole:
–Papá, mire que ya tengo ‘’ ñentes’’.
Acto seguido abre la boca, por la que se escapa una
feroz llamarada.
El hombre tira la criatura y huye despavorido.
Pero, en cambio, aquel que conoce ya el truco y ha estado precisamente
esperando una oportunidad como aquella para enriquecerse, y que mucho la ha
buscado en los lugares solitarios a deshoras de la noche y en noches de Viernes
Santo, procede inmediatamente a hacer lo siguiente:
Rápidamente recoge la criatura y sin darle tiempo a
más se moja el pulgar con saliva y lo santigua diciendo solamente:
– Yo te bautizo, en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
El niño queda inmediatamente convertido en un
precioso muñeco de oro.
El que coge así un Tunjo se vuelve inmediatamente
rico de la noche a la mañana.
El muñeco debe ser cuidadosamente guardado en una caja
entre rezos y conjuros especiales; la caja debe ser bastante segura y con un
compartimiento suficiente para la alimentación de su ocupante.
Porque el Tunjo come como un ser viviente y defeca
asimismo todos los días, pero valiosos trocitos y trocitos de oro macizo, con
el cual se va haciendo inmensamente rico su dueño.
Su alimentación consiste en cierto grano o semilla
muy semejante al comino, pero mas pequeña, que crece en las faldas de las
cordilleras.
La alimentación no debe faltar, ni sus cuidados, ni
sus ritos de posesión, porque si no éste se embarca en medio de una tormenta
infernal y torrencial lluvia, con la cual crecen los ríos y quebradas
saliéndose de sus causes hasta dar con el muñeco, el cual se embarca en las
embravecidas aguas, tocando tiple y cantando
melodiosamente.
El
Hojarasquín del monte
A
este personaje selvático se le atribuye la desaparición de la gente de las
gentes en la selva, las que perdidas en la maraña vegetal deben invocar al Hojarasquín para dar con el camino; así se le atribuye
también el rescate de los perdidos por auxiliarlo el Hojarasquín
cuando son de su agrado o merecen su gracia.
Se le imagina con apariencia vegetal, cuerpo
musgoso y entrelazado de bejucos, coronado de flores silvestres; sería una
especie de fauno americano sugerido a la fantasía popular por las figuras que
afecta la vegetación de la selva, apariencias zoomorfas y antropomorfas.
El Hojarasquín tiene
pezuñas como corresponde a su condición de protector de todos los animales de
pezuña? venado, danta tatabro,. etc.
Por
eso él mismo deja rastros o huellas de su pezuña pero los coloca en sentido
inverso para despistar a los cazadores y proteger así a los animales que él
tutela.
Este curioso personaje mítico de nuestros campesinos
especialmente antioqueños nada tiene que ver con el demonio o diablo de la
religión católica y por ello no se identifica con otras entidades demoníacas
como el «Mandingas», el «Malo», el «enemigo malo» etc.
El Patas es un prodigioso personaje semejante
apenas al Proteo griego, hijo éste de Neptuno y al que el Dios de los mares dio
el poder de cambiarse de forma o apariencia «para librarse de quienes lo acosan
pidiéndole predecir los demonios humanos», según cuenta Virgilio.
El Patas es una síntesis de todo, es el súmun de la belleza, de la sabiduría, de la fealdad, de la
torpeza, de la ignorancia, etc. Virtud, vicio, grandeza, miseria, todo lo
abarca y es «la medida de todas las cosas» como dijo algún polígrafo parodiando
al filósofo en su concepto sobre el hombre.
Así decimos de una muchacha bonita que es «más
linda que el Patas» o de una que es poco agraciada, que es «más fea que el
Patas», de un hombre, que es «más inteligente que el Patas» o «más bruto que el
Patas».
Puede afirmarse más típico en el folklore mundial
que nuestro «Patas», ni de tan vasto alcance y tanta utilidad en el macizo
léxico popular.
Este es otro mito de gran importancia y corresponde
a las muchas imaginaciones y divagaciones a que da lugar un grito macabro, un
plañido espeluznante que se oye en la selva en ciertas noches de luna.
Siempre en noches de luna, cuando los monteros sólo
temen a dos cosas: el tigre, que en tales noches sale a cazar, y el grito
gemebundo y horrendo de la Llorona.
La lógica indica que forzosamente debe corresponder
a algún animal que lo emite; pero el aterrador efecto que produce este súbito y
pavoroso aullido no permite verificar a qué puede deberse.
Escobar Uribe en sus «Mitos de Antioquia» dice que
es común a varios pueblos de América y que todos coinciden en que el grito es
real, pero agrega que la imaginación popular le da figura de mujer con largas
vestiduras y rostro de calavera que acuna entre sus larguísimos brazos un niño
muerto, etc., y que vaga por los ríos y las selvas lanzando horribles lamentos.
Es un mito folklóricos del Gran Tolima que aparece
como un ser infernal que lleva un sombrero gigante que abarca desde la cabeza
hasta las pantorrillas.
También aparece con un enorme sombrero y un vestido
negro, con un habito de misterio.
Dicen los campesinos que el Sombrerón
alcanza a los borrachos por las noches y les dice: ‘’si te alcanzo, te lo
pongo’’, lo cual infunde terror a los caminantes.
El Sombrerón gusta de los
jovencitos que empiezan a fumar; por ello los persigue con frecuencia.
Cuando es encontrado en el camino El Sombrerón no habla, ni contesta preguntas; solamente
camina, pasa y sigue.
En Antioquia lo han visto como un jinete en una
noche negra con un gran sombrero y ruana negra.
Lleva gruesas cadenas y dos perros enormes.
A su paso siguen fuertes vientos y huracanes.
Aseguran que Dios sacó el mundo de su pensamiento «chirinchadeuba», admitiendo en esto una especie de
emanantismo transeúnte. Creó las cosas imperativamente. Respeto del agua
relatan una leyenda curiosa, la más vulgarizada entre ellos.
Aunque el mundo de Caragabí
era muy hermoso, tenía sin embargo un defecto: le faltaba agua. El mismo dios
sentía mucha necesidad de este elemento. Soñó tres veces que había agua en el
mundo, pero ignoraba el punto fijo. Tenía Caragabí
una paloma que andaba afanosa en busca de agua para su dueño y al fin la
consiguió, pero no en este mundo, sino en otro, cuyo soberano se llamaba Orré.
Caragabí
soñó de nuevo que había agua en su mundo. _ Hay que tener presente que los
indios Catíos dan suma importancia a los sueños, como
veremos más despacio al hablar del Jaibanismo.
Después de este segundo sueño, Caragabí
ordenó a un domineju (pájaro mosca) que averiguara el
lugar del agua. Algunos varían la narración diciendo que el mismo dios se vivió
pájaro para sorprender más fácilmente al dueño del agua. Es lo cierto que el domineju divisó dentro de la concavidad de una peña a Getzerá bañándose.
Aquella inmensa concavidad hermética cerrada con
una puerta de piedra, estaba llena de agua cristalina y surcaban por sus ondas
vistosísimos peces con que se alimentaba Gentzerá. Caragabí soñó, o mejor dicho le mostraron en sueños que Gentzerá era una mujer mezquina y miserable que se negaría
a prestarle agua.
Efectivamente, Caragabí presentóse a las puertas de la encantada peña pidiendo
agua, pero Gentzerá no se dignó abrirle la puerta ni
contestarle. Por tres veces repitió la súplica, y siempre le contestó con el
silencio.
Indignado Caragabí,
derribó la puerta misteriosa y arrojó de su palacio de agua a gentezerá, que salió llorando. Caragabí,
en castigo de su mezquindad la dividió en dos partes desde la cintura, pero
ella no murió por eso, sino que se convirtió en hormiga negra y grande que se
carga continuamente agua en la boca. Otros, tal vez los más, ponen agua en la
concavidad de un enorme árbol llamado Genené, sagrado
para ellos. Era necesario, pues, derribar aquel árbol o peñasco para abastecer
de agua al mundo.
Construidas unas hachas de piedra, fue Caragabí con toda su gente (con todos sus peones dicen
ellos) a derribar el Genené, pero les sobrevino la
noche sin haber logrado su intento. Volvieron al día siguiente y encontraron el
árbol misterioso sin ninguna señal de las incisiones del día anterior.
Animados por el deseo del agua, comenzaron de nuevo
el derribo. Al llegar la noche, aún les faltaba mucho para acabar de cortar el Genené, pero Caragabí, frotando
sus manos, produjo una luz clarísima que iluminó todo el derredor del árbol,
por lo cual pudieron trabajar toda la noche. Al tercer día, como a la media
mañana, acabaron de cortar el árbol.
No por esto quedaron vencidas todas las
dificultades. Genené quedó enredado en unos bejucos
que impidieron se derribara en tierra y fertilizara el mundo con sus aguas. Caragabí se vio en otro conflicto. Llamó a varios
animalitos que entonces aún eran seres racionales, para que se encarnaran por
las ramas de Genené, a fin se cortar bejucos que
impedían la caída del árbol. Todos ellos habían de subir con una fruta en la
boca, y el que cayera antes que la fruta al suelo, sería el poderoso que había
de tumbar definitivamente el gigantesco árbol.
El primero que subió fue un mico llamado Yerré, pero no pudo. Sucedióle el
mono llamado Zrúa, el que tampoco obtuvo resultado,
subió una ardita, que llaman nuestros indígenas Chidima,
que desenredo las ramas del Genené y como era tan
minúsculo este animalito, cayo a una con la fruta que llevaba y con el árbol
que contenía la tan codiciada agua.
Al brotar las aguas del Genené
se inundo todo la tierra y arrastraron sus ondas todos los vivientes, menos a Caragabi y diez personas mas que se salvaron en una elevada
peña a donde no alcanzaron las aguas .Un año duro de inundación, al fin del
cual Caragabi mando a una garza que averiguara si
había quedado algún punto bueno para vivir.
La garza encontró mucho pescado y, cebada en aquel
alimento, no volvió. Mandó de nuevo un gallinazo, el cual tampoco volvió por
haberse quedado comiendo peces muertos. Envió en tercer lugar a un patogujo (pato de monte) que se entretuvo comiendo un
pescado que llaman guacuco, sin acordarse de cumplir
el mandato de Caragabi.
Burlado el dios de muertos indios por aquellos
desobedientes mensajeros, acudio a su poder
omnipotente. Escupió dos veces al suelo y cubrió su saliva con una totuma, y en
seguida la saliva se convirtió en una blanquísima paloma y esta fue la fiel
mensajera que trajo a Caragabi la noticia de lo que
estaban haciendo los mensajeros que la precedieron, y la que dio con el lugar
que podía ser habitado por los supervivientes del diluvio.
Al momento Caragabi y las
otros diez personas abandonaron la peña y se fueron que les indicara la paloma.
De la inmensa concavidad de Genené procede el mar; de
sus ramas, los ríos; de sus brotes, los riachuelos que corren por las
quebradas; y de sus renuevos pequeños, los charcos.
El tronco de este árbol Genené
existe todavía, pero en un lugar desconocido para ellos. A sus cuatro lados hay
otros, cuatros cirios encendidos de una piedra muy fina, llamada mompahuará, que arderán hasta el fin del mundo.
Cuando llegue el fin de los tiempos, de aquellos
cirios de piedra se desbordara un río de fuego que arrasando el mundo acabara
con todo y renovará la superficie de la tierra, la cual quedara muy hermosa y
vendrá a habitarla Caragabi con todos los moradores
del cielo. Con razón canto de estos indios Juan de Castellanos.
El misionero javeriano
Padre Diego Villa Pérez, remitió a ETHNIA esta leyenda que oyó contar varias
veces a los aborígenes del Vaupés.
Bajo el signo misterioso de la melancolía selvática
y con el emblema del silencio y del misterio, se encuentran antiguas leyendas
tan creídas y practicadas ahora, que da la impresión de ser algo real y nuevo
en las mentes de los actuales y civilizados indígenas, rezago de antiguas
creencias que hacen parte de su historia incógnita y oscura.
Si fuéramos a escribir todas y cada una de las
leyendas indígenas que se entremezclan una en otro con siglos de historia y de
vida, nos gastaríamos muchos años para recopilarlas y seria trabajoso, difícil
y nada fácil, ya que las pocas que sabemos han sido relatadas con sigilo y
temor, y las muchas de ellas nunca serán conocidas por nosotros, porque hacen
parte de su sicología reservada y tímida, dando como resultado la absoluta
imposibilidad para saberlas y escribirlas.
Dando estos antecedentes, tímidamente me permitió
informar una de esas leyendas principales que han andado siglos y siglos de
boca en boca, por las malocas y en los caminos oscuros de la selva, como por
los ríos caudalosos y los tranquilos caños, en los potrillos y en las hamacas,
en la soledad y en los bulliciosos cachiríes de las
tribus indígenas del Vaupés.
Común a todas las tribus de la selva amazónica, es
tan fantástica leyenda que es el corazón del indígena; para el hombre su poder
y para la mujer su inquietud y la muerte. Dice así la leyenda:
‘’En un principio había en la tierra dos personas:
buenas y se llamaba TUPANA (en guaraní significa santo); hacia el bien, no
gustaba de cosas que no servían ni menos parrandas y fiestas profanas. El otro
personaje era YURUPARI, amigo de lo malo; juego, chicha, bailes y vivía de
lejos de TUPANA. (la palabra yurupari, significa
diablo en Guaraní). yurupari arrastraba para si mucha
gente. Contrariamente de Tupana tenia pocos
seguidores; y las fiestas de yurupari hacían llevar
al bando de la maldad a muchos secuaces.
Un día TUPANA resuelve matar a yurupari
por ser este quien tenia mas gente en su bando. Se hicieron a una hoguera
grandísima y allí quemaron al yurupari con quien
habían tenido tantas dificultades y enemistades. una vez hecho ceniza vinieron
sus seguidores con gran tristeza y quedaron silenciosos ante semejante
realidad; y no pudieron encontrar un solo hueso; todo él había sido hecho
ceniza.
Pasaron muchos días, y en las cenizas retoño una
palma llamada Pachuba (en lengua guaraní), y fue ella
muy bonita por lo alta y recta. Vinieron al lugar mujeres y al mirar la palma
hermosa, llamaron a los hombres para convenir con ellos tumbarla y formar con
ella un instrumento que imitara la voz de Yurupari
Este era el recuerdo viviente de Yurupari Tres
pedazos de palma fueron suficientes para formar el antedicho instrumento que
imito perfectamente la voz de Yurupari.
Desde entonces las mujeres fueron poseedoras del
gran Yurupari. Ellas lo tocaban cuando iban al baño
en las mañanas; al oírse de lejos se decía que era Yurupari
que estaba vivo. Y era oficio de las mujeres traer pepas del monte para los hombres
que hacían los oficios domésticos.
Con el correr de los años se aburrieron por ser
ellos los llamados hacer los quehaceres del hogar. Además Yurupari
era hombre y las mujeres decían no estar con él. Una sola reunión fue
suficiente para que los hombres acordaran únicamente el ir a la mañana
siguiente a donde las mujeres acostumbradas al baño en el río, para quitarles
el Yurupari.
Todos ellos armados con adavi
(bejuco rodeado de fibra que venia a constituir un verdadero azote, y palabra
guaraní), fueron hasta el lugar en donde se encontraban las mujeres bañándose,
y azotándolas con los adavi, las obligaron a entregar
el yurupari a poder de los hombres.
Realizada la hazaña, se encaminaron al lugar donde
se había quemado Yurupari y encontraron con gran sorpresa
de todos, una mata de yuca brava, y miraron y era maní (guarani)
o maniba (portugués) que es el palo de la yuca. L o
arrancaron y vieron que era raíz de yuca e hicieron chicha como la que hacia Yurupari cuando vivía; y probaron la chicha y les supo perfectamente
bien. Descubrieron pues, que era preparada con caldo de maní, llamado manicuera, exactamente como la preparaba el mismo Yurupari en vida. Esta manicuera
era la misma sangre de Yurupari, es decir que la
chicha es sangre de Yurupari poste se convirtió en
yuca al ser quemado por Tupana.
En esta reunión los hombres determinaron:
1) Prohibido a las mujeres conocer y volver a ver a
Yurupari, porque al verlo, al instante este las
matara. (para el efecto, los hombres han empleado todos los secretos y medios
para dar a las mujeres la muerte, creyendo ellas que Yurupari
quien las mata.
2) Los
hombres niños de 12 años pueden conocer al Yurupari,
bajo el siguiente requisito: someterse a una escuela de quince días en el
monte, y bajo la dirección del payé, haciendo utensilios de casa: balayes, matafríos o chipichi (guarani), bancos, remos, etc. Durante estos días serán
azotados de madrugada con su adavi. Los peyés los aconsejaran así: después de ver a Yurupari serán hombres perfectos y podrán casarse. Todas
éstas ceremonias las hacen los payés con humo de tabaco para que en los nuevos
hombres todo quede en paz y tranquilidad. Hace el payé que sus instruidos comas
ají para que se conserve la dentadura de ellos. Bajo pena de muerte no pueden
descubrir a nadie el secreto del Yurupari.
Una vez terminada la escuela, irán a la casa y se
presentarán al papá y a la mamá porque ya son hombres que conocen el Yurupari además pueden casarse por saber hacer de todos los
instrumentos necesarios para la casa. Ese día se da un gran almuerzo al joven
que llega y durante el mismo, entrega a sus padres los objetos que fabricó en
la escuela.
Con la aventura que realizó el hombre de apoderarse
del Yurupari, éste domina totalmente y la mujer
trabaja no duramente no solo en la casa, sino también en la chagra (huerta).
"Entre
estas sierras y cumbres (del pueblo de Iguaque, cerca
de Tunja) se hace una laguna muy honda, de donde dicen los indios que a poco de
como amaneció o salió la luz, y criadas las demás cosas salió una mujer que
llaman Bachué, y por otro nombre acomodado a las
buenas obras que hizo Furachogua, que quiere decir
mujer buena, porque fura llaman a la mujer y chogua
es una cosa buena, sacó consigo de la mano un niño de entre las misma aguas, de
edad de hasta tres años, y bajando ambos de la sierra a lo llano donde ahora es
el pueblo de Iguaque, hicieron una casa donde
vivieron hasta que el muchacho tuvo edad para casarse con ella, porque luego
que la tuvo se casó, y el casamiento tan importante y la mujer tan prolífica y
fecunda que de cada parto paría cuatro o seis hijos, con que se vino a llenar
toda la tierra de gente, porque andaban juntos por muchas partes dejando hijos
en todas, hasta que después de muchos años, estando la tierra llena de hombres,
y los dos ya muy viejos, se volvieron al mismo pueblo y del uno llamando a
mucha gente que los acompañara a la laguna de donde salieron, junto a la cual
les hizo la Bachué una plática exhortando a todos la
paz y la conservación entre sí, la guarda de los preceptos y leyes que les
había dado, que no eran pocos, en especial al culto de los dioses, y concluído se despidió de ellos con singulares clamores y
llantos de ambas partes, convirtiéndose ella y su marido en doblico,
con que indignado Chibchacum, trató de castigarlos
anegándoles las tierras, para lo cual trajo o crió de otras partes los dos ríos
dichos de Sopó y Tibitó, con que crecieron tanto las
aguas del valle que no dándose de menos, como dicen, la tierra del valle a
contenerlas, se venía a anegar gran parte de ella, lo que no hacía antes que
entraran en el valle los dos ríos, porque el agua de los demás se consumía en
las labranzas y sementeras, sin tener necesidad de desagüe, fue tan lleno y
universal este castigo, e iba creciendo cada día a varas la inundación, que ya
no tenían esperanza de remedio, ni de darlo a las necesidades que tenían de
comidas, por no tener donde sembrarlas, y ser mucha la gente, por lo cual todo
se determinó por mejor consejo de ir con la queja y pedir el remedio al dios Bochica, ofreciéndole en su templo clamores, sacrificios y
ayunos, después de lo cual, una tarde, reverberando el sol en el aire se oyó un
ruido contra esta sierra de Bogotá, se hizo un arco como suelen naturalmente,
en cuya clave y capitel se apareció resplandeciente el demonio en figura de
hombre, representando el Bochica con una vara de oro
en la mano y llamando a voces desde allí a los caciques más principales, a que
acudieran con brevedad con todos sus vasalllos; les
dijo desde lo alto: he oído vuestros ruegos, y condolido de ellos y de la razón
que tenéis en las quejas que dáis de Chibchacum, me ha parecido venir a daros favor en
reconocerme; me doy por satisfecho de lo bien que me servía, y a pagároslo en
remediar la necesidad en que estáis, pues tanto toca a mi provincia y así
aunque no os quitaré los dos ríos porque algún tiempo de sequedad los habréis
menester, abriré una sierra por donde salgan las aguas, y queden libres
vuestras tierras, y diciendo y haciendo arrojó la vara de oro hacia Tequendama y abrió aquellas peñas por donde ahora pasa el
río; pero como era la vara delgada no hizo tanta abertura como era menester
para las muchas aguas que se juntan en los inviernos, y así todavía rebalsa,
pero al fin quedó la tierra libre para poder sembrar y tener el sustento; y
ellos obligados a adorar y hacer sacrificios como lo hacen en apareciendo el
arco».
«Lo que sucedió.... a la mujer del
cacique de Guatavita; el cual en tiempos muy
atrasados, cuando todos los caciques gozaban libremente de su señorío, antes
que el Bogotá tiránicamente los sujetase, era el más poderoso señor que había
en este reino de los muiscas, conociéndole
superioridad muchos caciques sus convecinos, no por modo de tiranías ni servidumbre,
como después sucedió con el Bogotá, sino por un respeto y reverencia que le
tenían, como a mayor señor y de mayor linaje, sangre y prendas: sucedió que en
aquella edad, que entre las mujeres que tenía estaba una de tan buenas partes
en sangre y hermosura, que así como en esto excedía, a las demás, también las
excedía la estimación que hacía de ella el Guatavita,
la cual no advirtiendo la cacica como debiera, hízole
traición con un caballero de los de la corte, y no en tan secreto que no
llegara a los oídos del marido, el cual puso tan buenas diligencias en haber a
las manos el adulterio, que presto le cayó en ellas y desde ellas en aquel
cruel tormento de muerte que usaban en tales casos, como era empalarlos,
habiéndole primero hecho cortar las partes de la punidad,
con las cuales quiso castigar a la mujer, sin darle otro castigo que dárselas a
comer guisadas en los comestrajes que ellos usaban en
sus fiestas, que se hizo por ventura sólo para el propósito en público por
serlo ya tanto el delito.... fueron creciendo los sentimientos de estas fiestas
amargas para ella, que por huir de ellas, trató huir de esta vida con
desesperación para entrar con mayores tormentos en la otra, y así un día en que
halló la ocasión que deseaba, se salió del cercado y casa de su marido a
deshoras con el mayor secreto que pudo, sin llevar consigo más que una
muchacha, que llevaba cargada una hija, que había parido poco había de su
marido el cacique, y caminando a la laguna, apenas hubo llegado, cuando por no
ser sentida de los jeques que estaban a la redonda en sus chozuelas arrojó a
las niñas al agua, y ella tras ellas, donde se ahogaron y fueron a pique, sin
poderlas remediar los mohanes que salieron de sus cabañas al golpe que oyeron
en el agua, aunque conocieron, _ luego, por ser de día, quien era la que se
había ahogado, y así viendo no tenía aquello remedio, partió uno de ellos a
mayor correr a dar aviso al cacique del desgraciado suceso el cual partiendo al
mismo paso para la laguna con ansias mortales, por no haberse persuadido que
los sentimientos hubiesen traído a tal estado a su mujer que hiciese aquello y
por la desgracia de su hija, luego que llegó y no las vido,
por haberse ya sumido los cuerpos, que pretendía sacar si estuviesen (sic)
sobre aguados, mando a uno, el mayor hechicero de los jeques que hiciese como
sacase a su mujer e hija de aquel lago, el jeque trató luego con sus vanas
ceremonias y supersticiones de poner por obra lo que se le ordenaba, para lo
cual mandó luego encender lumbre a la lengua del agua y poner en las brasas
unos guijarros pelados, hasta que quedaran como las demás brasa, y estándolo
ya, y él desnudo, echólos en el agua, y él tras ellos
sambulléndose (sic) sin salir de ella por un buen
espacio como lo hace un buen nadador o buso (sic) como
él era, hasta que salió solo como entró, diciendo que había hallado a la cacica
viva, (embuste que el demonio le puso en la imaginación) y que estaba en unas
casas y cercado mejor que el que deseaba en Guatavita,
y tenía el dragoncillo en las faldas; estando allí con tanto gusto, que aunque
le había dicho de parte de su marido el que tendría en que saliera, y que ya no
trataría más del caso pasado, no estaba de ese parecer, pues ya había hallado
descanso de sus trabajos, a que no quería volver, pues el había sido causa de
que lo dejasen ella y su hija, a la cual criaría allí donde estaba para que la
tuviese compañía. No se quitó el cacique con el recado del jeque y así
diciéndole que le sacara siquiera a su hija, la hizo buscar otra vez con los
mismos guijarros hechos ascuas, y volviendo a salir, traía el cuerpo de la niña
muerta y sacado los ojos, diciendo se los había sacado el dragoncillo, estando
todavía en las faldas de la madre, para que no siendo la niña sin ojos ni alma
de provecho para los hombres de esta vida, la volviesen a enviar a la otra con
su madre, que la quedaba aguardando, a que accedió el cacique que entender lo
ordenaba así el dragoncillo a quien él reverenciaba tanto; y así volvió a
mandar echar el cuerpezuelo a la alguna, donde se hundió...
El demonio viendo lo bien que le había salido la
traza, para asegurarlos más en aquellas vanas supersticiones, se apareció de
cuando en cuando sobre las aguas de la laguna en figura, gesto y talla de la
cacica desnuda de medio cuerpo para arriba y de allí para abajo ceñida de una
manta de algodón colorada y diciendo algunas cosas que habían de suceder de las
que pueden de las disposiciones y causas naturales que él también conoce, como
que había de haber secas, hambres, enfermedades, muertes».
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