Culturas inclusivas
La dimensión de las culturas en la educación inclusiva se comprende como el tejido simbólico y afectivo que sustenta las relaciones humanas en el entorno escolar. Su finalidad es promover una toma de conciencia colectiva sobre la importancia del respeto, la valoración y la corresponsabilidad frente a la diversidad. Esto se concreta en la posibilidad de incorporar valores deseables (como lo plantea Plancarte (2017)) y en generar condiciones de convivencia escolar que transformen las raíces sociales y emocionales de la exclusión.
“Esta dimensión se relaciona con la creación de una comunidad escolar segura, acogedora, colaboradora y estimulante, en la que cada uno es valorado, lo cual es la base fundamental para que todo el alumnado tenga los mayores niveles de logro. Se refiere, asimismo, al desarrollo de valores inclusivos, compartidos por todo el personal de la escuela, el alumnado, los miembros del Consejo Escolar y las familias, que se transmitan a todos los nuevos miembros de la escuela. Los principios que se derivan de esta cultura escolar son los que guían las decisiones que se concretan en las políticas educativas de cada escuela y en su quehacer diario, para apoyar el aprendizaje de todos a través de un proceso continuo de innovación y desarrollo de la escuela”. (Mel Ainscow 2002)
La siguiente imagen presenta los tres componentes que orientan esta dimensión: un sistema educativo acogedor y seguro, la apropiación institucional de la educación inclusiva como principio orientador de la cultura escolar, y la participación corresponsable de las familias en los procesos institucionales. Estos elementos fortalecen el entramado simbólico, afectivo y ético de la comunidad educativa, permitiendo que la inclusión deje de ser una aspiración para convertirse en una práctica compartida que orienta las decisiones, relaciones y proyectos escolares de manera sostenida.
El desarrollo de culturas inclusivas implica transformar la vida institucional en un entramado simbólico, afectivo y ético que reconozca y valore la diversidad como un principio estructurante de la convivencia y la acción educativa. Supone construir entornos seguros, acogedores, respetuosos y estimulantes, donde todas las personas niñas, niños, jóvenes, adultos, familias y personal educativo sean reconocidas en su dignidad y participen activamente en la construcción colectiva de la vida escolar.
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